Historia de los Viernes #6 — Parte 2
By: Keith
Continuación de La Ceremonia Parte 1
Mi maestro me había enseñado trascendentalismo en la preparatoria, y yo me di cuenta de la hipocresía de mi vida, esa noche con los indios Pueblo, y Scott y Larry también la descubrieron. Nuestros profesores hablaban de cuestionar la autoridad y del valor de la intuición, pero luego nos habían dado calificaciones diciendo que lo que pensábamos estaba mal. Yo estaba seguro que nosotros, al igual que los indios Pueblo, teníamos la idea incorrecta. Las drogas no iba a dejar de hacer efecto sino hasta la mañana, y manejar en esa condición estaba fuera de duda, así que estábamos varados en medio del desierto a millas de distancia de cualquier cosa. Las luces de Santa Fe se veían a mi derecha, y tenía un vasto desierto a mi izquierda. El sol ya se había puesto, y el suelo se estaba enfriando. Los 10 de nosotros estábamos ahí, sentados, sin decir una palabra. Yo tenía frente a mi dos tazones vacios, que en algún momento habían contenido el peyote líquido. No había nubes en el cielo. El cielo azul marino, casi negro en el Oeste revelaba estrellas nuevas cada minuto. Pronto estaría completamente obscuro. ¿Era peligroso dormir en el desierto? Probablemente lo era.
La belleza de la experiencia, de acuerdo con lo que noté cuando me desperté antes de que el sol saliera, congelado y adolorido por haber dormido entre las rocas y la tierra a desnivel, no fue las drogas. Las drogas, el desierto, la gente que yo no conocía, y la noche sin descanso, y el frio, el frio fue el que me despertó. Scott también despertó, pero los indios Pueblo seguían durmiendo. Sospechábamos que habían hecho esto antes. Los dos tazones vacíos todavía estaban en el mismo lugar en el que los habían dejado la noche anterior y estaban secos. Pedacitos de peyote pegado a los lados.
“¿Te quieres ir? Dijo Scott
“Si, yo creo. ¿Quieres seguir durmiendo en otra parte? Yo no quería regresar a la escuela. Los dos teníamos mucho frio así que paramos y nos metimos a la camioneta. Larry se había ido a la camioneta durante la noche y lo encontramos todo encaramado en el asiento de atrás debajo de las maletas. Scott y yo nos metimos en la camioneta y la arrancamos, pero no nos movimos. Esperamos ahí a ver si los indios Pueblo se levantarían para que les pudiéramos despedirnos y darles las gracias. Larry se despertó y boto las maletas en el piso.
“Hey, ¿Qué ya nos vamos?
“Nos estamos esperando a ver si los indios se despiertan.” Dije yo. “Pero no creo que lo hagan.”
“Yo tampoco, creo ya deberíamos irnos.” Dijo scott
“¿Qué tal anoche? ¿Cómo se sienten ustedes? Larry quería platicar.
“Mmm.” Scott no sabía que decir, ni tampoco yo. Los dos pensamos que tal vez era mejor no decir nada. Larry no sonaba muy seguro con su pregunta de todas maneras. Los indios Pueblo no parecían que iban a despertarse, así que nos marchamos.
Continuamos yendo hacia el oeste por otra media hora. Entonces me paré en una gasolinera empolvada. “¿Alguno de ustedes aprendió algo anoche?”
“No, nada realmente.” Dijo Larry. “Yo quería aprender algo, pero nada. Yo creía que iba a aprender algo, pero no me llegó nada.” Scott se sentía de la misma manera, y
también yo. ¿Cómo era, entonces, que habíamos podido aprender tanto? No podíamos decir qué es lo que era. Todos habíamos aprendido que significaba el haber aprendido algo sin saber nada. Las drogas habían lavado nuestras pretensiones universitarias por tiempo suficiente, como para que nosotros viéramos dentro de nosotros mismos, quienes éramos en realidad. Aprendimos lo que éramos y cómo éramos, y no queríamos olvidarlo. Teníamos miedo de que si tomábamos peyote otra vez, cuando no lo necesitábamos, que se llevaría la experiencia, y nunca más podríamos tenerla nuevamente. Teníamos que estar seguros que nuestro próximo viaje al otro lado tuviera sentido y propósito. Todos teníamos la misma pregunta porque todos estábamos ahí, en nuestros asientos, con cara de bobos. ¿Qué podemos hacer para no olvidarla?
Ahí fue que hicimos la promesa. Fue algo que nos guardamos por 20 años y de lo que nunca volvimos a mencionar entre nosotros. Terminamos la universidad porque debíamos hacerlo, la promesa fue la razón por la que Larry yo nos encontrábamos manejando a través del país. Estábamos manejando para saber si Scott había hecho algunas provisiones por su parte. La promesa era simple. Cuando cada uno de nosotros muriera, los que quedaran vivos tenían que llevar las cenizas del muerto al mismo lugar en el desierto y consumirían peyote otra vez, al anochecer, en recuerdo de aquella vez durante las vacaciones de Semana Santa, todos esos años atrás, para ver nuestros verdaderos seres mancillados, por una última vez. Entonces, enterraríamos las cenizas y esperaríamos a que el siguiente muriera. Cuando en el futuro, dos urnas encontraran su camino hacia el desierto, uno de nosotros estaría haciendo peyote de noche en el desierto, solo. Larry y yo seguimos manejando mientras seguíamos escuchando la música en Español y sin hablar.
Scott se había perdido en el océano. Yo me preguntaba si íbamos a poder recuperar alguna parte de él.
Lee la continuación en Parte 3 y El Final
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I’m torn between anticipation and dread of it ending. It is one of those stories that comes alive in my mind as if I have lived it.